miércoles, 13 de enero de 2010

El principio de dar



El universo funciona a través de un intercambio dinámico. Nada es estático. Nuestro cuerpo está en intercambio dinámico y constante con el cuerpo del universo; nuestra mente mantiene una interacción dinámica con la mente del cosmos; nuestra energía es una expresión de la energía del cosmos.
El flujo de la vida no es otra cosa que la interacción armoniosa de todos los elementos y las fuerzas que forman los diferentes niveles de la existencia. La conciencia, la energía, la materia. Esta armoniosa interacción de los elementos y las fuerzas de la vida se manifiesta como un flujo, una corriente cósmica que va y viene.

En lenguaje humano podemos traducirlo por dar y recibir.

Puesto que nuestro cuerpo, nuestra mente y el universo mantienen un constante y dinámico intercambio, frenar la circulación de la energía es como frenar el flujo sanguíneo. Cuando la sangre deja de circular, comienza a coagularse y a estancarse, degenera y enferma. Por ello no debemos bloquear este flujo. Al contrario, hay permitir siempre que circule libremente.

“Este frágil recipiente lo has vaciado una y otra vez para llenarlo eternamente de vida nueva. Esta pequeña flauta de caña la has llevado por valles y montañas, soplando a través de ella melodías siempre nuevas...
Tus dones infinitos vienen a mí solamente en mis pequeñas manos. Pasan los siglos, y tú continúas vertiendo, y todavía hay espacio para llenar”.
RABINDRANATH TAGORE

Dar y recibir son dos caras de la misma moneda. Si damos, recibimos. Si recibimos, damos.

En realidad, recibir es lo mismo que dar, porque dar y recibir son aspectos diferentes del flujo de la energía en el universo. Y si detenemos el flujo de alguno de los dos, obstaculizamos la inteligencia de la naturaleza, es decir, no permitimos que se exprese.

Se dice que en cada semilla está la promesa de miles de bosques. Pero la semilla no debe ser acaparada; ella debe dar todo su potencial, su inteligencia, al suelo fértil. A través de su acción de dar, su energía invisible fluye para convertirse en una manifestación material.

Cuanto más demos más recibiremos, de esta forma la abundancia del universo se mantendrá circulando en nuestra vida.

Si damos a disgusto o con un interés egoísta, no hay energía detrás de esta acción.

Al dar y al recibir, lo más importante es la intención.
La intención debe ser siempre crear felicidad para quien da y para quien recibe, porque la felicidad sostiene y sustenta la vida y, por lo tanto, genera abundancia. La retribución es directamente proporcional a lo que se da, cuando el acto es incondicional y sale del corazón. De esa manera, la energía de esta acción se potencia.

Este principio que es enseñado por los maestros espirituales desde la antigüedad, es comprobado hoy en día por la ciencia. El pensamiento, la palabra y las acciones son formas de energía. La materia es una forma de energía. El universo entero es energía en permanente transformación. Querer solo recibir es desconocer este principio fundamental y por lo tanto fuente de error y sufrimiento.

Esto es igual para las personas, las empresas, las sociedades y las naciones. Si deseamos recibir el beneficio de todas las cosas buenas de la vida, aprendamos a desearle en silencio a todo el mundo lo mejor.
Incluso la sola idea de dar, el simple deseo, o una sencilla oración que proyecte salud y felicidad a los demás, tienen el poder de afectarlos.

Esto se debe a que nuestro cuerpo en esencia, es un haz individual de energía e información en medio de un universo de energía e información. Estamos conectados y en un nivel fundamental no hay separación, sino unidad.
Somos conciencias individuales en medio de un universo conciente.

La palabra "conciencia" implica mucho más que energía e información: implica una energía y una información que se manifiestan como pensamiento. Por lo tanto, somos pensamiento en medio de un universo pensante. Y el pensamiento tiene el poder de crear y transformar.

La vida es la danza eterna de la conciencia, que se manifiesta como un intercambio dinámico de impulsos de inteligencia entre el microcosmos y el macrocosmos, entre el cuerpo humano y el cuerpo universal, entre la mente humana y la mente cósmica.

Hay que aprender a dar aquello que más buscamos. Y ser capaces de abandonar lo que más tememos perder. De esta manera activamos esta danza y su alegre movimiento sutil, enérgico y vital, que constituye el palpitar eterno de la vida.

Nuestra verdadera naturaleza es de prosperidad y abundancia. Vivimos en un universo de abundancia. La escasez y la miseria son problemas del espíritu. Si el “pobre” está satisfecho y feliz y el “rico” está siempre insatisfecho, alimentando su egoísmo, ¿quien es el pobre y quien es el rico? ¿Quién es mas sabio y quién más ignorante?


La sociedad moderna ha exacerbado el consumo y los deseos materiales al punto que muchos dejan su vida, su tiempo, su vitalidad y su felicidad, corriendo todo el día detrás de objetos y falsas obligaciones. Como el burro que va detrás de la zanahoria y que nunca va a alcanzar, solo para hacer mover una gran rueda. Otros engañan y llegan incluso a matar para saciar su avidez.

Somos naturalmente prósperos porque la naturaleza nos provee de todo lo que necesitamos. No nos falta nada porque nuestra naturaleza esencial es la potencialidad pura, las posibilidades infinitas. Cada célula de nuestro cuerpo está conectada con este flujo ilimitado. Por consiguiente, debemos saber que ya somos intrínsecamente ricos, independientemente de cuánto dinero tengamos, porque la fuente de toda riqueza es el campo de la potencialidad pura - es la conciencia que sabe cómo satisfacer cada necesidad, incluyendo la alegría, el amor, la risa, la calma, la armonía y el conocimiento. Si vamos en pos de estas cosas primero – no solamente para nosotros mismos, sino para los demás - todo lo que necesitemos llegará de forma natural y espontáneamente.

Todo el universo se brinda desinteresadamente. El sol sale cada día sin pedir nada a cambio. Igualmente la tierra, que nos nutre y sustenta. Nacimos con forma humana, y para nosotros es normal, pero desde un punto de vista universal es un regalo, un don.

Estamos en el top de la evolución y no hicimos nada al respecto. Ni siquiera controlamos los aspectos fundamentales de nuestra vida, como la respiración, el latido del corazón, la temperatura corporal, el metabolismo, la química celular, ni el momento de nacer ni el de morir. Y todo se hace igual, sin nuestra aparente intervención. ¿Por qué tener miedo entonces?

La mejor manera de devolver, de agradecer esta energía, esta vida, es haciendo de nuestra existencia una fuente de conocimiento y felicidad, que irradie en todas las direcciones.

Nadie ni nada lo impide. El único obstáculo es la pequeña mente, estrecha e ignorante.

Cuando se abren las manos todo puede pasar a través de ellas.

2 comentarios:

jose angel dijo...

Hola Mariano.

sabio tu mensaje y bellas las palabras que lo expresan

he observado que cuando somos niños tenemos un reflejo de protección, como que la mente impulsa al pequeño a tener ciertas actitudes egoístas, no quieren compartir sus juguetes, comida, dulces, todo lo que consideran suyo, como una manera de asegurarse la supervivencia.

el problema que yo veo es que cuando crecemos no ampliamos nuestra consciencia y la mente sigue enviando el mismo mensaje 'protégete', 'asegúrate la supervivencia', y entonces dedicamos la vida a vivir egoicamente, como lo has descrito.

creo que las personas que ya no tienen miedo (a la vida), pueden dar, sin esfuerzo, no les pesa porque no se sienten amenazados.

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quiero DARTE las gracias por que nos DAS estos mensajes que al menos a mi me ayudan a ampliar mi entendimiento

un abrazo

Seiki Giacobone dijo...

Hola Jose angel, es verdad, de niños somos un poco así, a veces no queremos compartir, por miedo, los animales también tienen ese reflejo, por eso el dar es una cualidad superior del ser humano, maduro y evolucionado, cuando llegamos a este punto podemos comprender a nuestro niño y a nuestro animal interior (y al de los demás....)
un abrazo y gracias por tus palabras
Mariano