miércoles, 11 de enero de 2012

El indeterminismo de los niveles fundamentales



Prácticamente todas las culturas ancestrales consideraban al universo como una unidad, y al ser humano como una parte de él. Pero fue a partir de las descripciones y conceptos de Newton, Descartes y Leibniz entre otros, las que desarmaron la estructura del universo como un todo y crearon este modelo de universo mecánico, que funciona más bien como un mecanismo de relojería y en el que no hay anomalías. En este modelo, la mente está separada del cuerpo y el cuerpo esta separado de todo lo demás, y esta idea de “separación” e individualidad creo la base del pensamiento occidental.

De manera que las ciencias, como la física, la biología, la química, la astronomía, la lógica y la matemática, incluso las ciencias llamadas sociales, como la antropología, la economía y la sociología, se han visto influidas y determinadas por esta concepción material y separatista del universo.

Durante mucho tiempo, los físicos estuvieron convencidos de que el universo estaba completamente determinado: correspondiendo todas las observaciones con un conjunto de partículas puntuales y energía interaccionando unas con otras mediante leyes fijas. Sabiendo la posición y la velocidad inicial de todas las partículas era posible predecir con absoluta precisión lo que sucedería después.
Esta forma “dura” de mirar a un universo mecánico y de causas y efectos predecibles, venía con un enorme peso ya desde la época de Newton.

Nos acostumbramos a esta idea. Vivimos en un universo controlado por leyes categóricas e inmutables, que se parece más a una maquina que a algo vivo, un universo con procesos determinados y sin singularidades.
Incluso el cuerpo ha sido descripto como una máquina, con órganos, aparatos y sistemas, vistos en forma separada, que funcionan con cierta independencia y de forma refleja y previsible.
La mente, las emociones, los aspectos sutiles de la existencia y todo lo que se relacione con la conciencia, fue “empaquetado” y puesto aparte.

De acuerdo con esta concepción, esta “máquina biológica” trabaja con 2 centrales fundamentales: el corazón y el cerebro, que conectan con el resto del cuerpo y entre ellos mediante impulsos eléctricos y químicos y está programada por un código genético invariable contenido en el ADN.
La ciencia médica sigue este modelo. Los médicos y terapeutas son formados con esta mentalidad: el cuerpo y la mente son dos entidades diferentes y la enfermedad es un mal que se debe erradicar.
Ahora sabemos que esta visión es incorrecta.

Sabemos que la materia es en realidad energía condensada y que los pensamientos son energía e información, por lo tanto materia y energía son equivalentes, esto ya ha sido demostrado por Einstein hace 1 siglo y por los chinos hace más de 20 siglos.
Cuerpo y mente no son dos realidades diferentes. No existen por separado.

Los pensamientos son ondas de información y energía, que se transforman en partículas (materia). Por cierto, no hay que confundirse, cuando decimos que la materia vibra, no significa que las partículas (como los electrones) están oscilando alrededor de un punto de equilibrio. Las partículas no oscilan: las partículas son la oscilación. Ambas cosas son la misma, no es una cosa (la partícula) efectuando una acción (la oscilación). 
La vibración es la masa.

Nuestra manera ordinaria de percibir la realidad es dualista (binaria), así funcionan en el cerebro los procesos algorítmicos conscientes: 0/1, negro/blanco, enciendo/apago, bueno/malo, onda/partícula, espíritu/materia.
¿Qué son en realidad las cosas: ondas o partículas? ¿Ondulaciones insustanciales o materia sólida?
Nuestros conceptos de partícula onda se basan en la información que obtenemos a través de los sentidos. Son términos con una gran antigüedad y bien enraizados en nuestra cultura, y determinan la manera que tenemos de percibir las cosas.



Nuestros cerebros están configurados para captar la forma, la "particularidad", por eso vemos las formas y corporizamos las percepciones con mucha facilidad, y también con la misma facilidad nos sentimos aislados y separados del resto. 
Para percibir nuestra naturaleza insustancial, nuestro aspecto ondulatorio, no manifestado, que está en interconexión con el resto del universo, debemos comenzar a percibir la realidad desde otro lugar del ser. El cerebro se reprograma, gracias a su capacidad plástica y la mente se libera de su prisión perceptual. Esta verdadera expansión de la conciencia modifica el sustrato del mundo físico.

A pesar de que todo el mundo tiene claro lo que es una partícula y lo que es una onda: nadie confunde un ladrillo con un rayo de luz, la primera idea que tenemos de ambas cosas es mutuamente excluyente: si es sólido no puede ser insustancial. Decir que algo es onda y partícula, fluctuación y materia, nos parece similar a decir que algo es no azul y azul a la vez. Y ahí está el primer obstáculo a superar.

La cuestión no es sólo que esa idea es falsa, sino que es contraria a la realidad. Es decir: “partícula” y “onda” no son lo mismo que “azul” y “no azul”, y no porque sean características independientes que a la vez  pueden ser ciertas, como “azul” y “bello” —estas deben necesariamente ser ciertas a la vez.  Algo así como “azul” y “blue”. La misma cosa con nombres distintos. Si entendiste esto, has superado ese primer obstáculo y estás listo para saltar sobre el segundo, que es algo más sutil — lo de “azul” y “blue” es sólo una primera aproximación a la realidad.

En realidad, cuando llamamos a algo “partícula” o bien “onda” no estamos definiendo lo que es, sino lo que hace o como se manifiesta ante una situación determinada.

La verdadera naturaleza de las cosas no es algo que podamos experimentar directamente al interaccionar con ellas por medio de la percepción clásica, de modo que decir que las cosas son “ondas que a veces parecen partículas” o “partículas que a veces parecen ondas”, no es lo correcto.
En el mundo cuántico las cosas cambian su comportamiento si son observadas.
De manera que cuando nombramos a las cosas como partículas u ondas, en realidad estamos designando la manera que tienen de comportarse en una cierta condición o circunstancia.

Llamamos a las cosas ondas o partículas porque, cuando interaccionamos con ellas, lo hacemos de modos específicos. Estamos dando nombres a la manera en la que esas entidades se manifiestan y no a lo que son en esencia. 

Podríamos también decir: “El universo está formado por ondículas que en determinadas circunstancias se comportan de cierta manera, a la que hemos llamado tradicionalmente “onda”, y en otras se comportan de una manera diferente, a la que hemos venido llamando “partícula”. Pero las cosas no son ondas ni partículas: son ondículas.
La cuestión es que algunas ondículas son muy ondas y hacen falta experimentos muy específicos para revelar su comportamiento corpuscular y otras ondículas son muy particulares y no muestran fácilmente su naturaleza ondulatoria.

Nuestro cuerpo físico tiene solidez aparente porque esta hecho de una infinitud de átomos que vibran a una altísima frecuencia.
Esencialmente son oscilaciones de la misma cosa. Esta “cosa” o entidad (para darle un nombre) es la conciencia
El sustrato de todo lo que existe es la conciencia.

La diferencia la hacen las categorías humanas y la necesidad de describir con palabras y fórmulas el universo en el que vivimos. Son nuestros sentidos los que captan la información de una determinada manera, y como los sentidos, por su diseño y por educación, perciben una realidad “particular”, interpretamos y creamos siempre una realidad física y sólida (generalmente la misma). 
El problema con el que se topa la ciencia es que no siempre las descripciones se ajustan a lo “real”. El universo es lo que es y nuestras descripciones y conceptos nunca podrán explicarlo con exactitud en su totalidad.
Bohr formuló en la interpretación de Copenhague lo que se conoce como el principio de complementariedad, que establece que ambas descripciones, la ondulatoria y la corpuscular, son necesarias para comprender el mundo cuántico y por lo tanto la realidad material. 
Bohr también señaló que mientras en la física clásica un sistema de partículas en dirección funciona como un aparato de relojería, independientemente de que sean observadas o no, en física cuántica el observador (la conciencia) interactúa con el sistema en tal medida que el sistema no puede considerarse como una existencia independiente. 
El sujeto y el objeto son uno.

Por otra parte Einstein y Schrödinger se oponían a esta idea de indeterminismo. El problema surge a partir del proceso de medición. En la física clásica, medir significa revelar o poner de manifiesto propiedades que estaban en el sistema ya antes de que lo observemos.
En mecánica cuántica el proceso de medición altera de forma incontrolada la evolución del sistema. Constituye un error pensar dentro del marco de la física cuántica que medir es revelar propiedades que estaban en el sistema con anterioridad. Y esto sucede porque los fotones de luz del observador impactan e interfieren con los electrones intercambiando energía e información y cambiando el estado del sistema. Es lo que se llama: colapso o reducción de la función de onda.

En los años 20, en los principios de la física cuántica, Heisenberg (junto a Max Born y otros) demostró con su mecánica matricial que no se puede saber con exactitud la posición y el momento de una partícula. Cuanto más sabemos sobre la posición de un electrón, por ejemplo, menos datos disponemos sobre su velocidad. Cuanto más averiguamos sobre su movimiento más borrosa se vuelve su ubicación.

La relación de incertidumbre de Heisenberg refleja una vez más esta dualidad de la naturaleza, aunque en este caso referida a otras propiedades físicas de la materia, como la posición y el momento. Si diseñas un experimento que muestre una cosa, la complementaria está “oculta”. Al menos, en el caso de la relación de indeterminación, no se trata de una elección binario sí/no, tiene que ver más bien con el grado: cuanto más te fijas en una cosa, más borrosa se vuelve la otra.
Si elegimos medir con precisión la posición de una partícula la forzamos a presentar mayor incertidumbre en su momento, y viceversa; escogiendo un experimento para medir propiedades ondulatorias se eliminan peculiaridades corpusculares, y ningún experimento puede mostrar ambos aspectos, el ondulatorio y el corpuscular, simultáneamente.
  

Seres ondulatorios

Debido a esta “particularidad” de la observación y de la percepción, captamos solo el lado "corpóreo" de la realidad. Nuestra mirada particulariza al universo, lo vuelve físico y definido. La ilusión de los sentidos lo hace material. El cerebro es el arquitécto.

A fines del siglo 19,  la luz era tratada como una onda ya que presentaba fenómenos ondulatorios como la difracción y la interferencia.
La difracción se basa en el curvado y esparcido de las ondas cuando encuentran un obstáculo o al atravesar una rendija. La difracción ocurre en todo tipo de ondas, desde ondas sonoras, ondas en la superficie de un fluido y ondas electromagnéticas como la luz y las ondas de radio.  La interferencia es el resultado de la superposición de dos o más ondas
Cuando las ondas chocan o “interfieren” entre sí, se altera momentáneamente su forma  y dependiendo de sus fases la interferencia será constructiva o destructiva (desfasada). Este fenómeno crea patrones de interferencia.


Cada célula registra el patrón de interferencia de las ondas lumínicas (que funciona parecido a un código de barras), y con esta información realiza sus reacciones químicas y mantiene su metabolismo.

En esencia somos seres luminosos realizando por un breve momento, una experiencia de vida "particular".  


3 comentarios:

Julián dijo...

Hola Mariano, cómo andas?

Tengo un par de preguntas al respecto:

Porque si a nivel celular o atómico vemos este comportamieno probabilístico no vemos lo mismo a nivel macro?
quizás algunos sean ese tipo de acontecimientos que algunos le dicen cisne negro?
se te ocurren ejemplos de cosas que a nuestro nivel perceptual estándar funcionen y sean visibles de esta manera?

Gracias

Saludos

mariano giacobone dijo...

Hola Julián,
en el macro nivel los objetos se presentan definidos y concretos debido a la decoherencia. La función de probabilidades colapsa en una realidad determinada a causa del enredo inevitable de los sistemas con el entorno. El indeterminismo cuántico se vuelve entonces determinado y regido por las leyes de la física clásica.

La conciencia, es decir el observador, provoca constantemente el colapso o reducción de la función de probabilidades.

En el mundo cuántico puede haber múltiples posibilidades superpuestas y no manifestadas, pero en el macronivel se opta por una de todas ellas y este proceso es irreversible.

No podemos percibir los estados en superposición ya que la sola observación provoca el colapso de la función probabilística en una realidad particular.
El observador modifica el estado del sistema y la información que se tiene de el.

Los ejemplos visibles de estados cuánticos superpuestos, son los condensados de Bose-Einstein, pero son estados experimentales.

Espero que te sirva la explicación
Saludos

mariano giacobone dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.