lunes, 21 de mayo de 2012

¿De qué estamos hechos?


La dura vida de la partícula

Nuestros conceptos acerca de lo que es material o inmaterial se basan en lo que percibimos por medio de los sentidos.

De acuerdo con las descripciones de la física clásica, existen diferencias entre una onda y una partícula. La partícula ocupa un lugar en el espacio y tiene masa, o sea, materia. Mientras que una onda se extiende en el espacio, perturbándolo, caracterizándose por tener una velocidad definida y masa nula, es inmaterial.

El término “partícula” se encuentra ampliamente en nuestra lenguaje: partículas de polvo, partículas elementales, partículas gramaticales, particularmente… 

Se define a la partícula como la menor porción de materia de un cuerpo que conserva sus propiedades químicas. Pueden ser átomos, iones, moléculas o partículas subatómicas (protón, neutrón, electrón, etc).

La partícula nos trae referencia a algo material, concreto o corpóreo, una entidad con límites definidos: es decir, algo “particular”.

Una onda consiste en la propagación de una perturbación de alguna propiedad de un medio (densidad, presión, campo electromagnético), a través del mismo medio. Esto implica el transporte de información y energía pero no de materia. El medio perturbado puede ser de naturaleza diversa como el aire (sonido), el agua (olas), la tierra (ondas sísmicas) e incluso inmaterial como el vacío (luz). 



ondas gravitacionales

Podemos diferenciar sin dificultad una partícula de una onda.
Si observamos el oleaje en un estanque no tiene nada que ver con una piedra (a menos que la piedra sea la causa de la ondulación). Nos resulta muy difícil, por no decir imposible, en términos convencionales y ordinarios, considerar que en realidad se trata del mismo fenómeno. La diferencia reside en que solo podemos detectar uno de los dos aspectos. Si percibimos la partícula no podemos ver su naturaleza ondulatoria y si observamos una onda, su naturaleza corpuscular se esconde.

Es más, la idea lógica que tenemos de ambas cosas es mutuamente excluyente: un cuerpo no es una onda insustancial y una onda que se propaga no es material.

He aquí la fuente de muchos errores de percepción y el motivo de porque tenemos la tendencia a considerar solo la realidad “material”. 
No tenemos problema en reconocernos como cuerpos físicos. Incluso asumimos las limitaciones impuestas, dando por sentado que cada uno y todo lo demás, existen por separado. Al no percibir nuestra naturaleza ondulatoria, entrelazada y conectada con todo, la realidad que proyectamos es mas densa, estrecha y con menos posibilidades. 

La cuestión es la siguiente: cuando llamamos a algo “partícula” u “onda” no estamos definiendo lo que es, sino como se comporta ante una situación determinada.

La verdadera naturaleza de las cosas no es algo que podamos experimentar directamente al interactuar con ellas, ya que nuestros sentidos tienden a “particularizar” y a limitar la percepción porque así están diseñados.

El pensamiento, que es una onda (vibración u oscilación) que transporta energía e información, se expresa en el nivel consciente de forma particular y secuencial. La onda indeterminada de múltiples posibilidades de los niveles subconscientes, se transforma (colapsa) y se manifiesta 
en el nivel consciente como partícula de conocimiento, es decir, como una experiencia determinada. 
No es correcto decir que las cosas son “ondas que a veces se convierten en partículas” o “partículas que a veces se comportan como ondas”, aunque parece más acertado, es una percepción errónea de las cosas.


¿Qué son las cosas, partículas materiales u ondas de posibilidades? 

Las dos al mismo tiempo, pero solo puede manifestarse una a la vez.

La influencia de la conciencia es determinante 

Si decidimos observar partículas no veremos su naturaleza ondulatoria y viceversa.

Y esto sucede porque hay algo más profundo en la naturaleza de las cosas que aún no percibimos.

Nuestro cerebro está condicionado para detectar y proyectar una realidad material, seguramente por esta causa consideramos casi exclusivamente el aspecto corpóreo y “particular” más que la interconexión, la interdependencia y por consiguiente las posibilidades de lo que percibimos.

La materia es vibración

Sabemos que la materia es en realidad energía condensada o cristalizada, y que los pensamientos son energía e información y por lo tanto pueden materializarse.

Energía y materia son equivalentes, esto ya ha sido demostrado por Einstein hace 1 siglo y por los chinos hace más de 20 siglos. 




Cuerpo y mente no son de naturaleza diferente y no existen por separado.

Los pensamientos son ondas de información y energía que perturban el campo, transformándose en partículas materiales, generando y modelando al cuerpo físico.

Por cierto, no hay que confundirse, cuando decimos que la materia vibra, no significa que las partículas, como los electrones, están vibrando alrededor de un punto de equilibrio. Las partículas no oscilan: las partículas son en si mismas la oscilación. Ambas son lo mismo, no es una cosa (la partícula) efectuando una acción (la oscilación).

La vibración es la masa

Nuestra manera ordinaria de percibir la realidad es dualista, y esto es debido a que los procesos algorítmicos conscientes en el neocórtex. son binarios y secuenciales: 0/1, apagado/encendido, acierto/error. O uno o lo otro. No puede ser 0 y 1 al mismo tiempo, como sucede en el procesamiento en paralelo de la información en los niveles preconscientes, donde la onda de posibilidades se encuentra en estado de superposición cuántica, presentando simultaneidad y coherencia (puede ser 00, 01,10 ó 11)

Solo podemos tomar una decisión a la vez. En el nivel consciente de la realidad cotidiana, los objetos y sucesos, se manifiestan mostrando un solo aspecto, que es precisamente el que pueden captar nuestros sentidos.

¿Qué somos entonces? ¿Ondulaciones insustanciales o cuerpos sólidos?

Nuestros conceptos de cuerpo y vibración se basan en la información que obtenemos a través de los sentidos. Son términos con una gran antigüedad y bien enraizados en nuestra cultura, y determinan la manera que tenemos de percibir las cosas. 




A pesar de que todo el mundo tiene claro lo que es la materia y lo que es una onda: nadie confunde un ladrillo con un rayo de luz. La primera idea que tenemos de ambas cosas es mutuamente excluyente: si es sólido no puede ser no sólido. Decir que algo es partícula y onda nos parece similar a decir que algo es azul y no es azul a la vez. Y ahí está el primer obstáculo a superar. 




La cuestión no es sólo que esa idea es falsa, sino que es contraria a la realidad. Es decir: “partícula” y “onda” no son lo mismo que “azul” y “no azul”, y no porque sean características independientes que a la vez puedan ser ciertas, como “azul” y “oscuro”, estas deben ser necesariamente ciertas al mismo tiempo. Algo así como “azul” y “blue”. La misma cosa con nombres distintos. Si entendiste esto, has superado ese primer obstáculo y estás listo para saltar sobre el segundo, que es algo más sutil: lo de “azul” y “blue” es sólo una primera aproximación a la realidad.

Llamamos a las cosas ondas o partículas porque, cuando interaccionamos con ellas, lo hacemos de modos específicos. Estamos dando nombres a la manera en la que esas entidades reaccionan, no a lo que son en realidad.

Podríamos también decir: “El universo está formado por ondículas que en determinadas circunstancias se comportan de cierta manera, a la que hemos llamado tradicionalmente “onda”, y en otras se comportan de una manera diferente, a la que llamamos “partícula”. Pero las cosas no son ondas ni partículas: son ondículas (o partondas, como prefieras).

La cuestión es que algunas ondículas son muy ondas y hacen falta experimentos muy específicos para revelar su comportamiento corpuscular y otras ondículas (o partondas) son muy particulares y no muestran fácilmente su naturaleza ondulatoria.

Nuestro cuerpo físico tiene solidez aparente porque está hecho de una infinitud de átomos que vibran a una altísima frecuencia.

Esencialmente son oscilaciones de la misma cosa. Esta “cosa” o entidad (para darle un nombre) es la conciencia

El sustrato de todo lo que existe es la conciencia.

La conciencia provoca el movimiento de la información y la energía, y a causa de esto la masa se condensa creando el mundo físico.

La diferencia la hacen las categorías humanas y la necesidad de describir con palabras y fórmulas el universo en el que vivimos.

Son nuestros órganos sensoriales los que captan la información de una determinada manera, y como los sentidos, por su diseño y por educación, perciben una realidad “particular”, interpretamos y creamos siempre una realidad física (generalmente la misma), aparentemente sólida y duradera.

El problema con el que se topa la ciencia es que no siempre las descripciones se ajustan a lo “real”. El universo es lo que es y nuestras descripciones y conceptos nunca podrán explicarlo con exactitud en su totalidad.

Bohr formuló en la interpretación de Copenhague lo que se conoce como el principio de complementariedad, el cual establece que ambas descripciones, la ondulatoria y la corpuscular, son necesarias para comprender el mundo cuántico.

Einstein y Bohr
 Bohr había señalado el hecho que mientras en la física clásica un sistema de partículas en dirección funciona como un aparato de relojería, independientemente de que sean observadas o no, en física cuántica el observador (la conciencia) interactua con el sistema de tal forma que el sistema no puede considerarse como una existencia independiente. 

El sujeto y el objeto son uno

En los niveles fundamentales de la realidad, la observación altera de forma incontrolada la evolución del sistema. 

Es erróneo pensar, en el mundo de las partículas, que medir es revelar propiedades que estaban en el sistema con anterioridad. Y esto sucede porque los fotones de luz del observador impactan e interfieren con los electrones, intercambiando energía e información y cambiando el estado del sistema.

Esta pérdida de coherencia cuántica es lo que se llama: reducción o colapso de la función de onda

El universo no manifestado, de infinitas posibilidades superpuestas y entrelazadas, se manifiesta al reducirse o colapsar en una sola (de las tantas) experiencia “particular”.

Promediando los años 20, en los principios de la física cuántica, Heisenberg (junto a Max Born y otros) demostró con su mecánica matricial que no se puede saber con exactitud la posición y el momento de una partícula. Cuanto más sabemos sobre la posición de un electrón, por ejemplo, menos datos disponemos sobre su velocidad. Cuanto más averiguamos sobre su movimiento más borrosa se vuelve su ubicación.

Heisenberg
La relación de incertidumbre de Heisenberg refleja una vez más esta dualidad de la naturaleza, aunque en este caso referida a otras propiedades físicas de la materia, como la posición y el momento. Si diseñas un experimento que muestre una cosa, la complementaria está “oculta”. Al menos, en el caso de la relación de indeterminación, no se trata de una elección binaria sí/no, más bien tiene que ver con el grado de manifestación: cuanto más te fijas en una cosa, más borrosa se vuelve su complementaria. 

Si elegimos medir con precisión la posición de una partícula la forzamos a presentar mayor indeterminación en su momento, y viceversa. De la misma forma, si elegimos un experimento para medir propiedades ondulatorias se eliminan peculiaridades corpusculares. Ningún experimento puede mostrar ambos aspectos, el ondulatorio y el corpuscular, simultáneamente.

Debido a esta “particularidad” de la observación y de la percepción, captamos solo el lado material de la realidad. Como un iceberg, del que solo vemos la menor parte (solo la que muestra).



Nuestra mirada particulariza al universo, lo vuelve físico y corpóreo. 
La ilusión de los sentidos lo vuelve material.

“Lo esencial es invisible a los ojos” (Saint Exupery)




¿Qué tiene en común el observador y la partícula? 

Ambos son en esencia lo mismo: movimiento de la conciencia.

Esta es la razón por la cual nos referimos a las fases ondulatorias de las partículas no como ondas materiales, sino como ondas de probabilidades. Esta capacidad de las partículas elementales para existir en más de un lugar al mismo tiempo nos revela algunas cuestiones profundas de la naturaleza de nuestro mundo físico.

¿Cuál es el rol que desempeña la conciencia o el observador, en todo esto?

Si lo relacionamos con el Principio de Incertidumbre (por el cual no tiene sentido hablar de la trayectoria de una partícula en el espacio, y la capacidad de la misma de estar en más de un sitio al mismo tiempo) resulta carente de sentido pensar que dicha partícula sea algo real si no existe un observador humano.

Antes de que el electrón del experimento haya dejado su marca en la pantalla (cuando hacemos la observación), no podemos determinar con precisión sus características, es más bien una onda de probabilidades que se aparece y desaparece y parece existir al mismo tiempo en todos sus trayectos posibles.

Por esto Heisenberg expresó: “no podemos conocer el presente en todos sus detalles”.
Hay una cierta probabilidad de que la partícula se encuentre en un lugar determinado, pero en principio podría estar en cualquier parte. La interacción con el observador modifica su comportamiento.

Si los microscópicos bloques de construcción de los objetos materiales no poseen las características de los objetos materiales. Si 
en esencia la materia es más una nube de probabilidades que algo fijo y concreto ¿qué tan sólido es el mundo en el qué vivimos? ¿y nuestro cuerpo, de que estamos hechos en realidad? 

Cuando nos hacemos este tipo de preguntas inevitablemente nuestra percepción de las cosas y de nosotros mismos cambia, se expande, gana en profundidad e información.

Esto más que una comprobación científica es un hecho espiritual.

El cuerpo está completamente descentralizado. No hay una central, sino que hay varias centrales gestionando la información en diferentes niveles, incluso extracorporales.

¿Pero qué son entonces las cosas?

Posibilidades. Sucesos que se transforman en una realidad material provisoria.

¿Y cómo podemos percibir la interconexión y las posibilidades, en lugar de colapsar siempre en la misma realidad material predeterminada?

Trascendiendo la percepción ordinaria de los sentidos y la mente individual. 

La conciencia se materializa con facilidad, dependiendo del nivel de energía e información que contenga.


La revolución de los sentidos 


Reprogramar la actividad cerebral desde la mente consciente es muy difícil, ya que por su nivel de energía y configuración, tiene la tendencia a colapsar siempre en una realidad material determinada. 

Formatear el disco eliminando la información falsa y tendenciosa es fundamental.

El cerebro se reconfigura gracias a su capacidad plástica y a la flexibilidad de sus conexiones. Esto
 incrementa la potencia para procesar información y optimiza su funcionamiento.  
Para esto debe volver a cero, equilibrar su actividad mediante la calma mental y el reposo sensorial. Las posturas que adopta el cuerpo son fundamentales.

No hay separación entre la mente y el cuerpo. Son diferentes expresiones de una misma verdad.

Cuerpo y espíritu en unidad manifiestan nuestra verdadera naturaleza, naturalmente y de forma inconsciente.

Cuando la conciencia se libera de los límites de la percepción ordinaria, se expande y cambia su dimensión, afectando indefectiblemente al sustrato físico. 




Estamos hechos del mismo material que el cielo, la tierra...y los sueños.



1 comentario:

Dani González dijo...

Gracias por escribir sus entradas, no deje de hacerlo.