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viernes, 8 de julio de 2011

Los microtúbulos y la conciencia I


Desde la antigüedad existen diferentes puntos de vista y discusiones sobre la naturaleza misteriosa de la experiencia mental.
La conciencia posee características que la hacen difícil de comprender e investigar para la neurociencia, ya que la descripción clásica del mundo macroscópico es insuficiente y por lo tanto la metodología experimental es limitada y generalmente tendenciosa, finalmente los resultados son valorados por un observador que la vuelve subjetiva.

Se puede probar con la teoría cuántica, que explica el comportamiento fundamental de la materia y de la energía que componen nuestro universo, para tratar de describir, en términos lo más científico posibles, el fenómeno de la experiencia consciente y cuales son los procesos físicos que se producen.
En la base de la teoría cuántica está la dualidad onda-partícula de los átomos y sus componentes. Mientras que un sistema cuántico como un átomo o una partícula subatómica permanezca aislado de su entorno, se comportará como una "onda de posibilidades" y existirá en un estado de superposición de muchos estados posibles.

Hay algunas peculiaridades en el comportamiento de los sistemas a nivel cuántico, como ser la coherencia cuántica, relacionada con los estados en superposición, y el colapso de la función de onda o reducción objetiva (RO), que son esenciales para la manifestación de la experiencia consciente.

Todo indica que estos procesos se producen en el citoesqueleto de las células nerviosas en el cerebro, más precisamente en los microtúbulos (en la imagen arriba). Si bien no es posible “objetivar” la experiencia subjetiva, la percepción interior, el libre albedrío, etc., podemos tratar de comprender los mecanismos que permiten que seamos conscientes y las estructuras involucradas en el proceso.
Este es el objetivo del presente trabajo.
polimerización del microtúbulo
Partimos de la base que cada célula es una unidad de conciencia, es decir, la célula tiene un nivel fundamental de conciencia que le permite interactuar dinámicamente con el medio: nutrirse, multiplicarse, cumplir sus funciones, adaptarse a los cambios, defenderse.

Cada célula “sabe” lo que debe hacer, lo que necesita y lo que no.
Nuestro cuerpo es especialista en supervivencia y adaptación al medio, y esto solo es posible si hay una conciencia fundamental que se mueve. Es el fundamento de la capacidad curativa.
De manera que existe una protoconciencia o conciencia fundamental que lo impregna todo.
La experiencia protoconciente es una propiedad básica de la realidad física. Cualquier forma de vida, desde un simple unicelular hasta un organismo complejo, incluye un grado fundamental de conciencia.


El universo es conciencia viva

La conciencia no está limitada al cerebro, pero es en el cerebro donde emergen los procesos mentales y se integra toda la información recibida para elaborar una respuesta. El cerebro es el proyector de la realidad. Toma la información, la clasifica, la integra y listo: ¡luz, cámara…acción!
Esta observación de la conciencia es tan antigua como la humanidad misma.
El budismo explica la experiencia conciente describiéndola en 5 agregados o componentes: (ver “los 5 skandhas”). Todo lo que percibimos existe en relación de interdependencia con lo demás. Nada existe por si mismo.

Budismo y conciencia
La enseñanza del budismo acerca de los niveles de conciencia ofrece la base para un entendimiento profundo de quiénes somos en esencia, de nuestra verdadera naturaleza.
Este conocimiento sobre la conciencia es el fruto de miles de años de intensa y profunda experiencia a través de la meditación.

Según esta enseñanza tradicional a su vez, hay nueve niveles de conciencia que están operando constantemente juntas para crear nuestra vida.
Una sola conciencia con diferentes niveles de manifestación.
La palabra sánscrita vijnana, que se traduce como conciencia, incluye una amplia gama de actividades, como la sensación, la cognición, la voluntad y el pensamiento conciente.
Las primeras cinco conciencias corresponden a los órganos de los sentidos: la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto.
La sexta conciencia es la función que integra y procesa los diversos datos sensoriales con la información contenida en la memoria, para dar un sentimiento unificador de lo que percibimos, es un tipo de pensamiento general o conciencia, que nos permite identificar la información recibida por los cinco sentidos. Es principalmente con estas seis funciones de la vida que realizamos nuestras actividades diarias.
La realidad que experimentamos está creada por estos niveles de conciencia.

Debajo de este nivel está la séptima conciencia. A diferencia de esos niveles de conciencia que están dirigidas hacia el mundo exterior, la séptima conciencia está dirigida hacia nuestra vida interior y es, en buena parte, independiente de los datos sensoriales.
La séptima conciencia es la base de nuestro sentido de identidad; el apego a un yo individual, distinto y separado de los demás tiene su base en esta conciencia, así como nuestro sentido de lo bueno y lo malo.

Es el asiento de los valores morales fundamentales y la base del continuo diálogo interno.
Debajo de la séptima conciencia, hay un nivel más profundo, la conciencia alaya u octava conciencia, también llamada como la conciencia imperecedera o almacén universal. Es aquí donde reside la energía de nuestro karma. Influye en las actividades de las otras conciencias.
Mientras que las primeras siete conciencias desaparecen al morir, la octava conciencia persiste a través de los ciclos de la vida y la muerte.
La conciencia alaya, es el inconsciente que contiene y almacena todas las potencialidades y alimenta la conciencia.
Es el alma universal (anima mundi). La conciencia que recoge y conserva las experiencias individuales y colectivas.

El pensamiento consciente es un emergente de procesos subconscientes.

El pensamiento puede manifestarse porque a nivel cuántico se produce una reducción de los estados superpuestos no manifestados, en un único estado.
Colapsa la función de onda y aparece el fenómeno a nivel consciente. Esta reducción o colapso permite traspasar un umbral, por debajo del cual no se es consciente y luego si, aunque de solo una de las tantas posibilidades. La transición entre el subconsciente y el consciente es muy sutil y depende de muchos factores.
De manera que, como podemos ver, la conciencia individual es limitada y condicionada. El inconciente, que es la conciencia universal en si misma, representa el océano de potencialidad infinita, todas las posibilidades superpuestas y no manifestadas.

Es interesante, porque esta descripción de los procesos mentales nos permite comprender que el pensamiento es simplemente una actividad de células especializadas en el cerebro. No es “real”. La naturaleza del pensamiento es vacuidad.

Es el resultado de la reducción cuántica de múltiples posibilidades en una sola. El pensamiento que emerge en el consciente ya fue modelado y condicionado en los niveles más profundos por los programas instalados previamente, entonces, ¿Quién soy en realidad? ¿Soy en verdad esto que pienso?

Si consideramos que el consciente o a la actividad mental, es una actividad fisiológica más del cuerpo, con una función determinada, como la respiración, la digestión o cualquier otra función celular, sujeta a interrelaciones e influencias múltiples - internas y externas -, nos identificaremos menos con lo que nos “repite” la cabeza y podremos calmar la mente con más facilidad, sabiendo de antemano que se trata simplemente de actividad reactiva, la mente solo existe en relación de interdependencia con el objeto o la cosa percibida, o sea, no tiene existencia propia, por lo tanto no es real.

El maestro Dogen escribió en el siglo 13. “si durante zazen nuestro consciente permanece activo estaremos siempre encadenados a sus límites” (Gakudo yoshin-shu).

Para que el pensamiento no sea condicionado y tendencioso debe ser negado, filtrado y clarificado con el no pensamiento, la no conciencia. El no pensamiento interrumpe la secuencia incesante de la mente consciente. Permite que los sistemas recuperen el estado de coherencia cuántica, disminuyendo las reducciones objetivas y por lo tanto la actividad mental.
El pensamiento que surge de esta no actividad es claro y puro y puede volver a desaparecer sin dejar huellas, es decir no forma parte de una secuencia o encadenamiento de pensamientos. A este tipo de pensamiento en el budismo Zen se lo llama hishiryo, es el pensamiento absoluto, cósmico, el pensamiento de Buda o Dios.
El silencio interior es el punto de partida (punto cero). ¿Como ser consciente de la no conciencia? ¿Cómo pensar sin pensar? 
Zazen es la respuesta.

Continúa


miércoles, 5 de enero de 2011

Sin huellas

En la sociedad moderna resulta difícil poder llegar al fondo de las cosas.

Da la impresión que estamos condicionados para ver solo la superficie o el reflejo de las cosas.

Muchos estímulos y demandas que tiran para un lado y otro, la mente está atareada todo el tiempo y así es casi imposible concentrarse completamente en lo que se hace.

Esto se debe a que antes de actuar uno piensa; y este pensar deja huellas. La actividad se ensombrece con alguna idea preconcebida. El pensar no sólo deja huellas o sombras, sino que también hace que tengamos muchas ideas acerca de otras actividades y cosas.

Estas huellas e ideas tienden a complicar mucho a la mente.

Cuando se hace algo con la mente limpia y clara por completo, no surgen ideas ni sombras y su actividad es sólida y franca. Pero cuando se hace algo con la mente complicada la actividad se torna muy compleja y genera contradicciones.
No se trata de no tener ideas, es obvio que la creatividad es fundamental, pero si las ideas se molestan entre sí o generan una vibración caótica, no se puede hacer ni decir nada claro, visto que no pensamos claro.
Por eso se dice que la concentración y la atención sutil son cualidades de la mente superior.
La concentración es la capacidad de focalizar, de enfocar la mente sin dispersarse ni distraerse, sin tensiones ni bloqueos, no es una actitud rígida si no una expresión de libertad y desapego.
La atención sutil es mas bien como un filtro inconciente, que selecciona los estímulos o la información que es relevante y la que no.

Cuando hacemos algo, debemos consumirnos por completo, como una hoguera bien encendida, sin dejar huellas de nosotros mismos.
Cuando practicamos zazen, la mente está en calma y libre de complicaciones.

La práctica continua de la meditación desarrolla estas capacidades superiores, que en realidad son la condición normal, solo que parecen superiores en relación a la pequeña mente ordinaria, fraccionada y siempre atareada.
En realidad no hay una gran mente separada de la pequeña mente, como si fueran dos cosas diferentes. Todo es parte de una única conciencia, solo que lo que llamamos pequeña mente, corresponde a una actividad mínima y fraccionada de esa gran mente que lo incluye todo.

La mayoría de las personas tienen múltiples ideas y contradicciones en una actividad cualquiera.
A menudo se dice: "cazar dos pájaros de un tiro". Y eso es lo que, por lo general, tratan de hacer muchos. Como se quieren cazar demasiados pájaros, resulta difícil concentrarse en la actividad, y lo más probable es que se acabe por no cazar ni pájaros ni nada.
Algunos están siempre calculando, por inseguridad o por miedo a perder. Ese modo de pensar siempre deja sombras en la actividad de esas personas.

En realidad, la sombra no la constituye el pensar mismo. Desde ya, a menudo es necesario pensar o prepararse antes de actuar, no se trata de ser irracional o irreflexivo.

Pero el pensar correcto no deja nunca sombra alguna. No duda. El pensar que deja huellas proviene de una mente relativa y confusa. La mente relativa es aquella que se establece en relación con otras cosas y de este modo se limita a sí misma. Esta mente pequeña es la que crea ideas de provecho y deja sus huellas.
Cuando uno deja en la actividad huellas del pensar, tiende a apegarse a esas huellas.

Lo que se llama desapego, es simplemente la manifestación del equilibrio energético y químico a nivel celular.

Cuando los hemisferios cerebrales se armonizan la realidad que se percibe es más amplia y normal. A esto se le llama expandir la conciencia, es decir, trascender los límites de la percepción ordinaria y repetida.

La esencia es muy simple.

La dificultad reside en que cada uno funciona con una forma de pensar y percibe la realidad de una forma, generalmente convencional y estereotipada. Y salir de estos límites creados por el pensamiento mismo requiere una cantidad de energía, de la que hay que disponer si uno quiere sinceramente conocerse en profundidad.
Para eso hay que tratar de estar en buena salud y tener un estado de espíritu, una mentalidad, acorde a nuestros propósitos y creencias profundas.

No se puede pensar cualquier cosa. Hay pensamientos que deben ser eliminados, son pura actividad de la mente reactiva.

De acuerdo a la manera en que pensamos creamos distintos tipos de ondas, de vibración, en el cerebro, incluso a nivel del ADN, y esta vibración a su vez generará un tipo de pensamiento y emoción acorde. Una retroalimentación continua.

La mirada del observador define la realidad.

Pero la realidad cambia todo el tiempo. Lo que creemos que es real, los acontecimientos, las cosas, etc., parecen sólidos y reales por que quedamos mirando el mismo fotograma y dejamos de comprender su naturaleza, entonces retenemos la imagen y nos apegamos a ella. Con los films es más fácil. Un film puede absorbernos y transportarnos lejos y generar un montón de sentimientos y pensamientos muy variados, sin embargo, todos sabemos que es una proyección. Es lo que hace el cerebro, es un proyector holográfico, crea hologramas, además de ser receptor, traductor, integrador y programador de capacidad ilimitada.

El mundo que experimentamos con los sentidos no es diferente que un film.
Para encontrar el espíritu que no deja huellas, la única dirección es hacia si mismo. Hay que dar un giro de 180º y cambiar la dirección de la mirada del observador.
El interior es ilimitado, un verdadero agujero negro. Pero hacia fuera, nos topamos con los límites de los órganos de los sentidos y de la percepción. Por eso nuestra esencia, nuestra naturaleza implícita, es ilimitada, igual que la naturaleza del universo, el cual somos.

El pensamiento que surge del fondo del no pensamiento es siempre original, puro y creativo.

Es simple, surge del vacío, del océano de potencialidad infinita. Este tipo de pensamiento no es un eslabón más de una interminable secuencia de pensamientos encadenados.

Es un pensamiento con principio y con fin. Es el pensamiento cósmico, absoluto, se le llama también “el pensamiento de Buda”, y es una expresión de nuestra auténtica naturaleza. Sin prejuicios y sin huellas. El no pensamiento es silencio, es nada, es lo que hace posible que podamos pensar. Sin silencios, no hay sonido, solo ruido.

Ser conciente de la no conciencia, es el equilibrio.
Esto no se puede comprender solo intelectualmente. La experiencia subjetiva es fundamental, por eso la práctica es muy importante.

Cuando la mente se calma y la respiración se vuelve más lenta y profunda, en la concentración de la meditación, es posible experimentar la no conciencia, el estado sin pensamientos; que no significa “dejar la mente en blanco”, ya que esto es todavía un pensamiento.

La no conciencia es el no pensamiento.

Pensamiento y no pensamiento forman una unidad. Si solo no pensamos, es que estamos dormidos, inconcientes o seguramente muertos. Si solo pensamos, es locura, terminamos alienados. Ambos, actividad y no actividad, se deben armonizar, como el sonido y el silencio.

El pensamiento que no deja huellas genera una vibración poderosa y su influencia se siente en todos los confines del universo, instantáneamente, más allá del tiempo y del espacio.

domingo, 9 de mayo de 2010

La no acción

La no acción, wu wei en chino, es la forma opuesta y complementaria de la acción, del “hacer”.

No hacer no implica “hacer nada”, si no mas bien, que se actúa sin la intervención de la voluntad y de la búsqueda del beneficio propio. Se deja que las cosas evolucionen por si mismas. Es la manera que tiene la naturaleza de actuar. Las plantas crecen sin un esfuerzo particular, por ejemplo, también el agua, que fluye constantemente y se adapta a todas las formas.

El no hacer, es un aspecto fundamental en la filosofía taoísta y budista.

En la práctica de zazen (meditación Zen), hacemos sin hacer, sin dejar huella, sin un propósito particular, olvidando el esfuerzo y la intención.

Es algo difícil de comprender en la vida moderna, tan ligada al pensamiento conciente, a la forma, a la materia, a la obtención de beneficios y a una percepción del ser más bien individualista, cortada del entorno natural y forzada. Estereotipada.

El pensamiento es forma y existencia que se convierte en palabra, de hecho, el centro del lenguaje articulado en el cerebro (área de Broca) se encuentra en la corteza frontal izquierda, que gestiona el pensamiento lógico, racional y secuencial, transformando la información en palabras, gestos y en respuesta activa. La palabra se vuelve acción.
Al trascender el pensamiento conciente se llega a lo no acción.

El no pensamiento permite que las cosas tomen su curso natural. Que aflore la percepción, la intuición y la sabiduría profunda.

El No Hacer está muy relacionado con la actividad del inconciente, con el hacer del inconciente.

El relajar nuestro intento de programar la vida a expensas de la voluntad y de la razón, nos vuelve más receptivos a la sabiduría del inconciente. Tomamos contacto con algo más profundo, más grande que nosotros mismos.

La relación entre el conciente y el inconciente es como la imagen del iceberg: una pequeña parte visible por encima del agua y la mayor parte, invisible, por debajo de ésta.
Cuando hay un mayor contacto con el inconciente, hay un flujo de energía e información que emerge de la profundidad, de la parte invisible del iceberg.

Cuanto más nos conectamos con esta fuente de energía e información, que no es otra cosa que el mar de potencialidad infinita, esto incide directamente en nuestra manera de pensar, de hablar, de actuar, en la capacidad de trabajo, en la salud y la resistencia física y, como vimos, a nivel fisiológico incluso en el sistema inmunitario.


El No Hacer incide también en el aprendizaje. Estamos habituados a aprender bajo presión, a forzar la “máquina” para memorizar, razonar e integrar conocimientos concientemente. Es la tensión del Hacer voluntario. Representa el modo “Yang”, activo, voluntarioso, conciente.

Por el contrario, el No Hacer, que implica la relajación de este intento, nos permite situarnos en una postura en que la energía fluye libremente, aumenta nuestra receptividad y se despliegan nuestra intuición, imaginación y creatividad. Integrando además, la percepción del hemisferio derecho y de áreas más profundas del cerebro, que habitualmente están inactivas. Es el modo “Yin”.

De niños aprendemos al principio de esta forma, inconcientemente, mirando, escuchando, copiando, jugando, cantando. Sin un propósito especial ni un objetivo concreto. De esta forma comenzamos a reconocer el mundo, a hablar, a caminar, incluso a escribir.

El no hacer, implica armonizarse con los cambios. Es aprender a fluir y a aceptar sin intervenir, la vida de los otros y las transformaciones del entorno.
Hacer y no hacer son las dos caras de una misma realidad existencial.

No se puede “hacer nada”, de hecho estamos vivos y la vida es acción, es movimiento. Hay que vivir, aprender, mejorar, ocuparse de lo fundamental. Cuando hay que actuar, se debe actuar.

Esto que parece una contradicción, significa que tampoco se puede vivir a fuerza de voluntad y esfuerzo conciente, ya que esto anula nuestra capacidad de adaptación, prevaleciendo la tensión, la infelicidad, el miedo y la falta de creatividad y fluidez.

La práctica del Taichi y de Chi kung (qi gong), permiten encontrar la unidad de la mente y el cuerpo, el pensamiento y el movimiento. Encontrando así, la no mente y el no movimiento.

Pero la mejor manera de practicar el no hacer, la forma directa y natural, es la postura de zazen. Concentrados en la respiración y en la inmovilidad del cuerpo, percibiendo el silencio y el fluir armonioso del universo a través de uno. Inconciente y naturalmente. Verdadero conocimiento de si mismo. Dogen, un célebre maestro Zen escribió: “conocerse a si mismo, es olvidarse de si mismo. Olvidarse de si mismo es estar en unidad con el universo y con todas las existencias.”

No hacer significa equilibrio y armonía.

Así cuando hay que actuar, esta acción se vuelve única y definitiva. Total. Sin dudas ni miedo.

Como el sonido que emerge puro y cristalino luego de un profundo silencio.
Verdadera música.

El no hacer es el hacer de la naturaleza.

viernes, 30 de abril de 2010

La química de las emociones



Sabemos ahora que las emociones y los pensamientos, tienen su expresión química en el cuerpo. Cada célula del organismo escucha y participa del “diálogo interno”.

El cerebro responde a cada pensamiento con una química determinada, ya sea de alegría, de placer, de miedo, de alarma o de dolor.

Ya hemos visto el rol de los neuropéptidos cerebrales en la comunicación de información a distancia en el organismo.
Un neuropéptido es una cadena de aminoácidos, unidos por puentes peptídicos que se diferencian de otras proteínas sólo por la longitud de su cadena. Se han identificado hasta el momento alrededor de 100 neuropéptidos.

Su tamaño puede variar desde 2 aminoácidos, como ejemplo la carnocina, hasta más de 40 aminoácidos, como la CRH (hormona liberadora de corticotrofina).

Tienen función tanto excitatoria como inhibidora.
Los neuropéptidos, que también se llaman neuromoduladores, se pueden agrupar en varios grupos.

También se conocen bien otros transmisores de información como la Adrenalina y Noradrenalina, la Dopamina, la Serotonina, la Histamina, etc.


Estas sustancias químicas son las responsables que sintamos por ejemplo placer, miedo, sueño, hambre o motivación, entre otras funciones.

Lo notable es que según el tipo de pensamiento que tengamos, según el área del cerebro, o dicho de otra forma, el grupo de neuronas que se active, habrá un tipo de química correspondiente.

Un ejemplo claro lo constituye el estrés.

El exceso de “máquina”, de problemas, de pensamientos, de obligaciones, enciende todo el tiempo los mecanismos de alarma (sistema neurovegetativo simpático: prepara para la lucha y la huida) del cuerpo y por consiguiente este produce una química acorde a la situación, es como prender todas las luces de la casa todo el tiempo cuando no hace falta. Resultado: el sistema se desgasta, se quema rápido, y en el caso del organismo se pierde eficacia y se vive mal y poco.

La preocupación y la frustración generan un tipo de química, la calma y la aceptación otra. Un pensamiento positivo tiene una química. Uno negativo, otra.

A su vez, está química generará pensamientos y emociones positivas o negativas, en un sistema de retroalimentación permanente.

Aunque creamos que nadie escucha lo que pensamos, las células de todo el cuerpo si lo hacen, perciben todo, ya que cuerpo y mente son diferentes expresiones de una misma realidad.

El sistema inmune es otro ejemplo. Se han descubierto en la membrana de los linfocitos y otras células de defensa receptores para estos neuropéptidos, de manera que el estado emocional de la persona influye directamente sobre su sistema defensivo, es decir, sobre la capacidad de resistencia a las enfermedades y el control y eliminación de células y microorganismos nocivos.

Por eso la higiene emocional es tan importante como la higiene corporal.

Limpiar y eliminar cotidianamente los viejos sentimientos, los miedos, las preocupaciones, la ansiedad y los pensamientos negativos, y reemplazarlos por una nueva manera de percibir al entorno y a nosotros mismos. Con motivación y de manera positiva.

Este simple y monumental acto, generará un torrente de sustancias químicas y energía, que no solo fortalecerá el sistema inmune, si no que será fuente de salud y felicidad.

Amar es inteligente.

Un solo pensamiento positivo tiene el poder de cambiar la realidad y transformar nuestra vida. Y esto es un hecho científico.

El no pensamiento, es la fuente de la creatividad y la sabiduría profunda y constituye la mejor manera de hacer “higiene mental”, de resetear el ordenador y volver a "0".


El verdadero poder se encuentra en el inconsciente, el océano de pura potencialidad y a este se accede de manera natural a través de la calma, el silencio y la práctica de la concentración, como en la neditación (ver zazen).


lunes, 8 de marzo de 2010

El espejo de la sabiduría


Así como los ojos necesitan un espejo para poder verse, los pensamientos necesitan también ver su propio reflejo. ¿Y quién es el que observa al pensamiento?

No es otro que el observador.
Desde siempre funcionamos identificándonos con lo que pensamos, de manera que asociamos a nuestro ser con la mera actividad incesante de una parte del cerebro.
El espejo de la mente conciente es el no-pensamiento.

Cuando meditamos podemos comprenderlo. El no-pensamiento es el espacio entre dos pensamientos.
Como el silencio y el sonido, juntos crean la música. El pensamiento y el no pensamiento son partes inseparables de la conciencia cósmica, de la mente del universo.
En el Zen se le llama el pensamiento absoluto, más allá del pensamiento, el pensamiento de Buda, de Dios.
Nuestra existencia puede verse reflejada en el espejo del no pensamiento, en el vacío de la mente, en la calma y el silencio de zazen.

Los pensamientos deben ser purificados, es decir, deben pasar por el ojo del observador. Esto permite cortar la secuencia infinita del discurso interior.

Nos identificamos con la existencia, porque la mente es existencia.

Nos miramos al espejo y creemos que esa imagen que se refleja es uno mismo. Pero es solo un reflejo.

La existencia incluye la no existencia.

Sin no existencia no habría existencia. Parece complicado porque siempre nos consideramos desde el punto de vista de la existencia.
Es como la forma y el vacío. Ya vimos como funciona la percepción de la realidad por los sentidos. El cerebro capta la forma y esa ilusión perceptual hace que creamos que eso que percibimos es fijo y con sustancia propia, porque no consideremos el vacío, solo observemos la forma.
Curiosamente lo que le da utilidad a la forma es el vacío.

¿Se imaginan si no hubiera espacio entre los dedos, o entre las piernas?

Si la música no tuviera silencios, sería ruido, o nada.

Entonces, el espacio entre dos pensamientos, eso que llamamos no pensamiento, es fundamental para la integridad de nuestra mente.

Si es solo vacío no hay existencia, pero si es solo existencia no tiene utilidad. Si es solo no pensamiento, es inconciente, no hay actividad, nos dormimos, desaparecemos. Pero solo pensamiento, es una abstracción sin utilidad, no llega muy lejos, ni es capaz de crear nada, y en muchos casos termina en locura Es el pensamiento discursivo que queda siempre enganchado en una secuencia imparable. Un ruido atroz, contaminante.

¿Cómo hacer para apagar la radio?

Querer no pensar es ya un pensamiento en si mismo. No sirve
Dejar la “mente en blanco”, es una ilusión, sigue siendo actividad de la mente. No sirve.

Es suficiente con sentarse en la postura correcta, equilibrada, con la espalda y la cabeza derechas, dejar que la mente se vaya calmando de su agitación cotidiana, la respiración se vuelva más lenta y profunda, al igual que el flujo de los pensamientos.

Las ondas cerebrales se ralentizan, ganan en amplitud y su ritmo se hace armónico, y como toda armonía, esta incluye los silencios, los espacios vacíos. El córtex frontal reposa y se activan zonas del cerebro profundo, sede del inconciente y que contienen la información ancestral.

Cuando se es conciente de estos espacios vacíos, cuando podemos percibirlos, en la calma y el silencio, en ese momento nuestra pequeña mente se vuelve la mente del universo. Se va más a allá de los límites del conciente. Es una expansión de la conciencia. Verdadera pureza. El ser esencial que se manifiesta en plenitud. Un verdadero tesoro.

Por esto es fundamental practicar meditación.

Regularmente sentarse en calma y silencio y permitir que se manifieste el ser esencial, la auténtica naturaleza.
Hay muchas formas de meditación, pero la postura de zazen, es muy eficaz.

No se trata de buscar condiciones especiales ni de convertirse en algo diferente, o en un modelo estereotipado de iluminación, sino de volver a la condición normal de equilibrio y armonía del cuerpo y de la conciencia Esto no solo permite la curación profunda y encontrar la felicidad en la vida, permitimos además que se exprese el espíritu que refleja todas las formas y no se queda con ninguna.

El espejo de la sabiduría